Leiore

amaia barrena

Leiore

Leiore es un genio. Su risa sólo conoce un decibelio y es el de la carcajada. Pone caras de sorpresa durante sus propias historias y cuando entorna los ojos al mirarte sabes que te está comprendiendo. Podría entender cualquier cosa, incluso el doctorado que está haciendo. Fue la primera de su promoción en la facultad y ahora da clases a otros universitarios. Su cabeza es una maquinaria impresionante. Y ella lo sabe. Por eso se esfuerza constantemente en ser el diez, incluso en el tratamiento. “Siempre he sido la primera en todo. Menos aquí. Aquí siento como si las piernas ya no me entrasen en el pupitre, me siento la eterna repetidora.” se quejó una tarde. Es la que más tiempo lleva en la unidad y la que menos piras ha hecho. Comenzó a intentar curarse hace unos cuatro años, pero retrocedió estando ya en mantenimiento y volvió a Crazyland. Allí estaba, con sus botas de monte y su moño mal hecho, el día que yo llegué. Tan pronto como la oí hablar, encontré en ella mi reflejo. Otra fanática de la perfección. Si hubiésemos ido juntas al colegio, nos habríamos peleado por quién acumulaba más matrículas. Por suerte, nos hemos conocido dejando atrás los sobresalientes. Todas somos cerebros de altos vuelos con los motores rotos.

Leiore ha convivido desde muy joven con la anorexia. “Para curarte vas a tener que soportar el sufrimiento que genera dejarla” me dijo una de las primeras mañanas juntas. A ella la enfermedad le hacía sentir superior. Más fuerte, más resistente, más lista. Aparte de comer lo justo, hacía deporte hasta sudar más de lo que pesaba. Todavía ahora anda más rápido de lo que corren algunos en las Olimpiadas. En su casa no comprenden su sufrimiento, su necesidad de ser mejor, de ser, de hecho, La Mejor en cualquier cosa que haga. No entienden que la exigencia es el monstruo con el que se pelea a diario y que viene a ella sin invocarlo. Los padres de Leiore le culpan de haber enfermado. Como si fuese una decisión o algo evitable. Su padre le pregunta a diario cuánto pesa, como si controlando esa cifra pudieran mantener a raya el infierno de su hija. Nunca le pregunta si está triste. Quiere saber si ha comido bien. No hablan de si ha llorado de más. A menudo las personas que te quieren no encuentran la forma de ayudarte porque desde sus mentes “sanas”, o por lo menos sin TCA, no conciben lo que pasamos. Leiore lo sabe y tiene paciencia. Mucha. Suele acabar cuidando de quien se siente mal por no saber cuidarla a ella.

Leiore fue la primera persona que me dijo a la cara cuál era mi problema. O por lo menos la primera a la que creí. “No eres anoréxica, tienes anorexia, que no es lo mismo.” puntualizó en mitad de una conversación que ya no recuerdo. Su voz se quedó haciendo eco en mi cabeza hasta que me dormí. Si lo dice esta chica tan lista será verdad, pensé. Al fin y al cabo, ella era una profesional del trastorno, así que confié en su olfato para detectar enfermas mentales. Leiore suele tener razón un porcentaje de veces bastante alto, y esa vez fue una de tantas otras en las que acertó conmigo. Desgraciadamente, en un principio no llegamos a intimar demasiado, ya que Leiore dejó Crazyland tres semanas después de aparecer yo por allí. Pasaba a mantenimiento, donde nos reencontramos tiempo después. Cuando volvimos a vernos me abrazó con una sonrisa más grande que el miedo. A día de hoy, sigue haciéndolo sin excepción cada vez que estamos juntas. Es uno de esos huracanes con nombre de mujer y me encanta que me despeine.

Fragmento extraído de “Un melón en la maleta” (A Fortiori, 2018).

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