Aitite


Bajo la falda, en la pierna derecha, llevo un veintisiete perfilado con esas pistolas de tinta permanente que odia tu hija, la que casualmente es también mi madre. Quizá no sepas de qué te hablo. Te fuiste mucho antes de irte, derrotado por la enfermedad del olvido. Era el número que ella cosió a toda tu ropa para que no se extraviase en la lavadora de la residencia. Quise hacérmelo, con otro tipo de aguja, para ser siempre como tus jerseys, algo tuyo. Nunca lo hablamos, pero creo que te gustarían mis tatuajes. Lo cierto es que nos conocimos poco y tarde. Fuiste mi abuelo, hasta que a los 84 te divorciaste, viniste a vivir una temporada a casa con nosotras, y te convertiste en mi aitite. El hombre con las arrugas más dulces y la risa más fértil que ha existido.

Solías escuchar la radio hasta quedarte dormido, de modo que me pareció bonito enviarte esta carta a través de una. A veces te hablo, pero me dejas en “visto” sin responder. Descansar en paz debe mantenerte muy ocupado. Por aquí hay mucho que contarte. No voy a hablarte de qué trabajo, o qué pasó con el máster que estaba estudiando la última vez que me viste. Sé que no te importa. Incluso cuando salías a pasear con la maquinilla de afeitar cargador incluido porque lo confundías con el móvil que te regalamos para no perderte, tu única obsesión era que fuera feliz. Estoy bien aitite. Heredé de ti tu vicio por sobrevivir. Estoy curándome de una anorexia. Ya tenemos algo en común, los dos hemos pasado hambre, a pesar de que tú lo hicieras por una guerra y yo por falta de amor. Me relataste mil veces lo difícil que la vida te lo puso, sin recursos, con una gran pobreza y una dictadura a tus espaldas. Te va a parecer gracioso, pero alguien ha inventado una aplicación para ver cómo seremos de viejos. Quisiera pedirle a ese cerebro informático que idease otra para ver cómo eras tu de niño. O a mi edad. A mi edad ya tenías a mi ama y mis tíos corriendo por casa. No te imaginas la rabia que da saber que jamás podré conocerte de verdad. A Manuel Carrasco tampoco, pero eso lo tengo más asumido. Eso sí, te prometo que lo que me dejaste ver de ti no me lo quito ni para dormir. Cuando alguien elevaba la voz, tú pedías reconciliación y calma, a pesar de que la mayoría de las veces era solo porque estabas sordo, aitite. Tenías perdón para cualquier daño, sonrisa para quien te mirase y tu mano para mí hasta cuando no reconocías mis dedos.

Te quiero mucho. Te quiero más de las veces que te dije, menos de lo que ahora te añoro.

Con cariño,

Tu nieta de ojos oscuros

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