Como una rosa de los vientos sin aire, con más direcciones que oxígeno en la garganta. Con una tristeza pegada a una migraña, quizá porque hay nazis hasta en Amazon, por este frío de cambio climático o porque mi alquiler vale más que alguno de mis órganos. Tal vez, simplemente, sea que mis ovarios se preparan para sangrar. Y me pregunto cuántos dolores se dan por normales. Los que te entran al abrir InfoJobs. Al despedir a alguien. Al ser mujer en un patriarcado de Inditex. Y, sin embargo, esta esperanza en la cara B de mi radio mental. El cuerpo se recupera tanto que la cicatriz parece no haber existido. No quedan costras del día que me caí de la bici a los diez. Ni de lo que me hicieron a los veintisiete. No quedan costras. Sólo piel. Una rosa de los vientos tatuada con zumo de limón.
