Por las que dijimos que no y dio igual,
por estos rizos de víboras de Medusa que me han salido
por una culpa que nunca fue mía ni nuestra.
Por las mujeres a las que nos gustan otras mujeres
y no, no queremos un trío contigo.
Por las que preferimos un perro a ser madres,
por las que no pudieron, no quisieron, no supieron
ser madres,
y por las madres que nos parieron.
Por las brujas de Federici,
por las que prendió fuego la Ilustración
y por las que seguimos vivas y quemadas,
que el capitalismo no admite indultos.
Por las señoras de la limpieza a las que no tratan como señoras,
por las azafatas de Vueling obligadas al zapato de tacón,
por las bomberas que no lo tuvieron más fácil,
por las futbolistas para las que no sacan la Gabarra,
por las encargadas de los cuidados a las que no se cuida,
por las artistas que no venimos a ser sexualizadas.
Por las mujeres de gobierno ingobernable.
Porque esto no hay quien lo pare.
Por las que hemos fingido orgasmos.
Porque no vamos a fingir más orgasmos.
Salgo del escondite y golpeo la pared.
Por mí y por todas mis compañeras.
En mitad de un concierto de Ginger Mate, en la Sala Premier, la música de pronto frena. Su vocalista dice mi nombre y se hace un extraño silencio para un viernes de madrugada. Me presta su micrófono para leer un poema, como una de esas cosas de una vez en la vida. O de una vez en Granada.