EN LA ADUANA DE TU PUERTA



Ganadora del premio del jurado en el V Certamen de Cartas “En Amor a Dos” (Arucas, Gran Canaria, 2014).

Supongo que esta es otra de tantas cartas cuyo único buzón acabará siendo un cajón en el que sólo duermen musas cansadas. Una de esas cartas tripuladas por esperanzas desorientadas que llevan al poeta a la deriva, y que son escritas con el único ciego deseo de verse ahogado con ellas. Hace tiempo que temo terminar ahorcada por la cuerda floja en la que camino. Hace tiempo que temo pagar el crédito que le pedí a la nostalgia, la cual ya empieza a cobrarme intereses. Todos ellos en forma de maletas, las que tú te has llevado contigo. Hace tiempo que te quiero, y que no sé qué hacer conmigo.

Te daría mis ojos si me dijeras que no puedes volver a verme. Te prestaría estas manos, siempre manchadas de tinta, y con ellas el tacto de una ausencia, si no pudieras volver a tocarme. Si me dijeras que no puedes volver a llamarme, te regalaría cien gramos de silencio, que misteriosamente se hace más pesado cuando se traduce en la falta de tu voz. Y si dijeras que no vas a volver a besarme, te vendaría los labios con un suspiro. Con uno de esos con los que en ocasiones pretende escaparse la vida. Igual que amenazas con huir tú hoy de la mía. Hace tiempo que te quiero, sí, y no sé qué hacer conmigo.

Prometimos volver a vernos, y nuestra promesa sonó a la música de cristal de un chocar de copas. Nos bebimos la noche, nos atragantamos con algún astro, y cenamos la piel ajena. Reímos como sólo lo hacen los niños, con la inconsciencia que no conoce más verbo que el ahora, conjugado en presente. Presente simple. Esa noche danzamos al ritmo de una alegría sin partitura. Sin pisarnos los pies, pues ninguno los teníamos en el suelo. Esa noche en la que no recuerdo haber dormido, y sin embargo soñé con hacer de tu boca un peregrino extraviado por mi cuerpo. Y por un momento, esa noche no parecía ser el prólogo de ningún día futuro, sino el epílogo de un deseo formulado en plural. No obstante, todo quedó reducido a un capítulo más de nuestra historia sin índice ni concierto, tan pronto como la mañana devoró la oscuridad de la madrugada. En vano traté de que la poesía actuase como persiana y retuviese la noche entre las cuatro paredes de tu pecho. En vano edifiqué una escalera de versos hasta tus ojos, pues ya habían dejado de mirarme.

Hoy me encuentro a unas horas de distancia de ese primer chocar de copas que hizo colisionar dos esperanzas. Aún temblando se ha levantado la mía, no sé si por el frío de creerse olvidada, o por el miedo de haber sido imaginada. Hace tiempo que te quiero, y qué error no habértelo dicho antes. Hace poco que te has marchado, y extrañarte ya se ha convertido en un vicio contraindicado para mi salud. Y me descubro a mí misma sonriendo al vacío, como esos ancianos en los que nadie repara pues parecen ser parte del mobiliario de todo parque, y que fruncen sus arrugas en una sonrisa al recuerdo. A una vida llena de ellos. Mario Benedetti escribió una vez que lleva un rato aprender a sentirse desgraciado. La lección ha calado rápidamente en mí en esta ocasión, aunque a cada minuto comprenda mejor su significado.

Echarte de menos… es poco echarte. Yo te echo de menos, de más, de demasiado, de nostalgia borracha de besos. Puede que nunca llegues a leer esta carta, o puede tal vez que un cartero le haga atravesar la aduana de tu puerta en unos días. En cualquier caso no importa. Sólo importa que anoche, al cenar tu piel, descubrí el sabor de estar viva.

 

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