Eneko

Amaia Barrena

 

El “Clic” que hizo mi cabeza al verle por primera vez se escuchó por todo el pueblo. Fue en una autoescuela. Él quería aprender a conducir y yo a dejar de atropellarme. Llevaba una chaqueta granate, unos vaqueros y ese gesto suyo de alegría a granel y para exportar.  En ese instante no sabía nada de él. Ese martes a las diez de la mañana no conocía ni su nombre. No sabía tampoco que su canción favorita era también la mía y que la cantaríamos en un karaoke. No sabía que iba a la peluquería una vez por semana, que llevaba pantalones ajustados de fiesta y chándal de resaca. Solía cerrar bares, bailar como le enseñó una venezolana y dejar propina a los taxistas. Vivía dando saltos pero nunca había conseguido hacer puenting. Le encantaba el sabor de las aspirinas infantiles. Tenía un trastero donde el mundo se ponía en “pause” y un hermano tan especial que era una trampa para poetas. Cuando cruzó la puerta de la clase, no sabía que de pequeño una tostadora le hizo valiente.  Ignoraba, asimismo, que no le gustaban los niños aunque tuviera risa de tobogán.  Tomaba el Sol y la cerveza como sólo lo hacen los inmortales. Había roto con un trabajo que le rompía a él y había escogido enriquecerse sin dinero. No creía en el futuro. Iba a cambiarme el mío. Iba a hacerme alguien mejor. Pero yo no sé nada de eso, ahora que se sienta en la mesa de al lado la primera vez que le veo y se gira para preguntarme: “¿Es tu primer día?”

 

Para ti,

porque somos un puzzle que nunca debió estar separado.

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