Te doy la bienvenida a mis laberintos

Amaia Barrena

Andrea. Este libro tiene que empezar con su nombre. Andrea se sentó con once años en un pupitre detrás del mío el primer día de clase. Andrea se sienta ahora en la silla que más cerca está de mi cerveza en cualquier bar y me hace reír hasta que me duelen la tripa y el miedo. Andrea separó su camino del mío al acabar el instituto por razones de esas tontas que ya ninguna recordamos. Andrea años más tarde me escribió un mensaje por una de esas redes sociales que a veces realmente sirven para conectar y me dijo: “He encontrado las cartas que me escribías en el cole y te echo de menos. ¿Volvemos a vernos?”. Ahora volvemos a vernos cada viernes, cada día impar y cada vez que queremos abrazarnos.

Esa es la magia de una carta. Es un interruptor a los recuerdos, como me dijo una vez Eneko, después de que le leyera la suya en el trastero de un garaje una noche.  Estas cartas y las muchas que ellos tienen en sus cajones, son el tendido eléctrico de mi memoria.  En los ciento cuarenta caracteres de Twitter no hay sitio para las vocales de un “eres una heroína con pijama”. No me cabe en un WhatsApp las consonantes de un “siempre somos una buena idea”. No quiero necesitar WiFi para que Facebook me pregunte qué estoy pensando y decirle al mundo lo rápido que se pasa el tiempo con tus manos en mis pechos.  Todo ello y un abrazo de los que te hacen invertebrada sólo pueden hospedarse en una carta.

Estas cartas son un GPS de papel a los laberintos de mi cabeza.  Una forma de romper muros, o mejor, de dejar entrar a alguien a través de las grietas.  Fueron mi brújula para reencontrar a mi mejor amiga. Son el papel de los aviones que le lanzo a mi chico extraterrestremente guapo.  Tengo un bolígrafo atravesado en el diafragma y ya no sé respirar sin escribir.

Espero que quienes me estéis leyendo tengáis vuestras propias cartas. Espero que las mías os hagan sonreír.

Fotografía: Patricia Furlog

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